El momento en que intenta responder a todas las oraciones a la vez dándole "sí" a todo y el caos que provoca es genial. Y el final, cuando entiende que no puede obligar a Grace a amarle porque el libre albedrío existe, es sorprendentemente emotivo para una comedia tan boba.
Tiene ese humor de principios de los 2000 que hoy puede resultar un poco cringe en algunos momentos, pero sigue siendo entretenida. Morgan Freeman eleva cualquier cosa en la que sale, incluso cuando hace de Dios vestido de conserje.
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