Segundo largometraje de, Ali Abbasi, un joven cineasta iraní exiliado en Suecia, esta asombrosa fábula avanza enmascarada. A primera vista, parece un alegato a favor de la diferencia, unido a una reflexión sobre la delgada línea que separa la inclusión de la exclusión, el deseo de integración de la marginalidad. Es una cuestión que debió interesar mucho al cineasta, dados sus orígenes. “Border” es una adaptación de un relato corto de John Ajvide Lindqvist, el autor de “Déjame entrar”, magistralmente adaptada a la pantalla por Tomas Alfredson en 2009, que ha sido adaptada a la pantalla en dos ocasiones, una película que combina el tema vampírico con el amor infantil, el acoso escolar y la violencia escolar. Y aunque “ Border “ está ambientada en el mismo universo (la bella Suecia acechada por monstruos solitarios), es mucho más radical, mucho menos onírica, es una obra de realismo mágico con fuertes tintes románticos, que culmina en una secuencia en el bosque de poesía bestial. Durante este viaje se crea una dimensión casi animista, incluso mitológica, que culmina en una aberrante escena de sexo, a la vez carnal y grotesca, repulsiva y fascinante, con unos efectos especiales orgánicos que David Cronenberg no habría negado. No hay nada gratuito en este acoplamiento, una unión física de una animalidad sorprendente, y constituye un momento crucial, un cambio de rumbo inesperado. El discurso humanista desplegado se desintegra, o más bien revela el lado más oscuro de las cosas, la oscuridad del mundo y su ambivalencia. La película da la vuelta al problema, viendo la integración y la aceptación de vivir entre la gente como una renuncia a la propia naturaleza. “Border” se convierte en una parábola sobre la identidad, sobre la capacidad de aceptar la propia deformidad y bestialidad, canalizada y encerrada por la civilización a través de la profesión de Tina. Cuando se plantea la hipótesis de que los dos amantes no son necesariamente el resultado de aberraciones vinculadas a una enfermedad o a un experimento, nuestro punto de vista, lleno de certezas, se tambalea. Nos encontramos reconsiderando la película desde un ángulo mucho más cruel y crítico, cuestionando la posición etnocéntrica de los humanos en la tierra, dominando arbitrariamente sobre todas las demás razas. Una película de terror frontal donde se nos muestra lo indecible, lo blasfemo. Ali Abbasi apunta su cámara directamente hacia lo grotesco. En “Border“ vemos cosas que a primera vista son literalmente horripilantes, pero tanto mejor para deconstruirlas y confrontarlas. Y para hacernos comprender que, una vez mostrado y visto el monstruo, no es tan monstruoso después de todo. Mientras que la película tiene villanos reales, francamente repugnantes, que parecen completamente normales y limpios. De este modo, el director invierte el racismo (en el que la monstruosidad física es signo de la monstruosidad del alma; y la máscara del otro oculta el mal y la corrupción). La fuerza de la película se ve sin embargo algo alterada por un guión enrevesado que injerta en esta historia de amor salvaje, no exenta de humor, una sórdida trama policíaca con un trasfondo de violencia doméstica y pedofilia, que converge, a través de una serie de coincidencias bastante burdas, en una única dirección. Sin embargo, este pequeño inconveniente no merma el poder hipnótico de esta obra, a caballo entre la fábula social, el thriller sombrío y la fantasía, que se apoya en una dirección muy inspirada que oscila entre el naturalismo lúgubre y un lirismo muy físico. La cámara se pega lo más posible a los personajes, sumergiéndolos en una intimidad inquietante y singular, verdadera fuerza de este relato "fronterizo", magníficamente interpretado por dos actores vestidos con prótesis, que encarnan monstruos vibrantes de humanidad, sin hundirse nunca en el idealismo, uno de los cuales resulta ser mucho más taimado de lo esperado. “Border” nos lleva al otro lado de la frontera entre lo conocido y lo desconocido. Una película de fantasía pura en todos los sentidos de la palabra, a este otro lugar donde descubrimos cosas monstruosamente bellas.
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