Quizás lo más fascinante de 'Backrooms', así como lo que a su vez causará más rechazo, es que nunca parece interesada en responder a todo cuanto plantea. Kane Parsons, haciendo uso de esa máxima ya casi olvidada de sugerir antes que mostrar, nos introduce en una claustrofóbica pesadilla liminal donde cada pasillo conduce a otro idéntico, cada puerta promete una salida que jamás llega y cada habitación, dentro del infinito sinsentido geométrico que las define, parece contener algún tipo de recuerdo reprimido que ninguno de sus visitantes, tan desorientados en ese mundo paralelo como fuera de él, han aprendido todavía a procesar. Todo ello enfatizado por una puesta en escena intencionadamente opresiva y donde la propia construcción de tan abrumador universo, más asfixiante si cabe gracias a su inmersivo diseño de sonido, irá guiándonos poco a poco hasta un lisérgico final donde deberá ser cada espectador, para lo bueno y lo malo, quien extraiga su propia conclusión. Una propuesta sin duda extraña y arriesgada en su forma, pero también increíblemente creativa tanto en el aspecto puramente sensorial, de claras reminiscencias oníricas, como en su metafórico retrato de todas esas vidas que, casi en piloto automático, avanzan a través de infinitos pasillos pensando que la siguiente puerta será, al fin, la correcta. Y es que quizás el auténtico laberinto nunca estuvo realmente al otro lado del muro, sino en la manera en que todos nosotros, en mayor o menor medida, hemos aprendido a habitar el nuestro.
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