La idea de fondo quiere ser seria, casi reflexiva, pero se queda en la superficie. Se habla de confianza, de control, de miedo a lo que hemos creado… y, aun así, cuesta sentir que esas ideas tengan peso real. La relación entre Atlas y el robot Simon intenta construir algo emocional, pero no acaba de convencer. Hay momentos en los que debería notarse un conflicto interno, una grieta, y lo que llega es algo bastante plano, casi mecánico.
Visualmente cumple sin más. Hay diseño, hay tecnología, hay acción suficiente para mantenerte delante de la pantalla, pero nada que se quede contigo después. Todo resulta demasiado pulido y, a la vez, demasiado vacío. Como producto de streaming, se deja ver, pero transmite esa sensación de “esto podría haber sido mucho más”.
Tampoco ayuda que la protagonista no resulte especialmente cercana. La interpretación es correcta, pero fría, y en mi caso no consigue que empatice con ella. Más que acompañarla en el viaje, la observo desde fuera, sin implicación emocional. Y en una historia que depende tanto del vínculo humano-máquina, eso pesa bastante.
Al final, el mensaje sobre la inteligencia artificial queda diluido. No es que sea ofensivo ni desastroso, es que no deja huella. Terminas con la sensación de haber visto algo que quería decir cosas importantes… pero no se atrevió a profundizar lo suficiente.
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