El personaje de Michael tiene esa mezcla de orgullo, necesidad de redención y obsesión por demostrar algo. A veces Mark Wahlberg se pasa un poco de intensidad, y hay momentos en los que la emoción parece forzada, pero aun así funciona. Porque cuando entra Arthur en escena, todo cambia. El gesto sencillo de compartir comida desencadena algo que se siente auténtico.
Me gustó cómo se entrelazan las tres líneas: el equipo improvisado, la tensión física de la carrera y la relación con el perro. Las escenas en plena naturaleza están muy bien rodadas, aunque da la sensación de que los personajes no tienen tiempo ni para asimilar lo que están viviendo.
No todo encaja perfecto y hay partes algo previsibles, pero me dejó pensando en lo que significa competir, en por qué alguien se somete voluntariamente a tanto sufrimiento. Y, sobre todo, en cómo un animal puede recordarte lo esencial cuando estás perdido en tu propia ambición.
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