El problema, al menos desde mi punto de vista, es que 'Antiporno' renuncia a contar una historia como tal para, en su lugar, adentrarnos en las inquietudes, reminiscencias y ensoñaciones que merodean la cabeza de Kyōko, una artista que mantiene una abusiva relación sadomasoquista con su asistente. A partir de ahí, y tras un arranque puramente teatral, la película nos sumerge en una delirante espiral de intensos cromatismos, extensas disertaciones filosóficas y crípticas escenas donde la linealidad se desvanece y el tiempo pierde su significado. Realidad y ficción se confunden a través de continuas capas de metacine mientras nuestra protagonista, poniendo en orden su propio caos interno entre el no menos caótico escenario planteado por Sono, trata de encontrar su lugar como mujer en un mundo gobernado por hombres. La volátil existencia de quien vive a merced de lo que otros dictan materializada así en una de esas películas que, como poco, no dejan indiferente a nadie. Bienvenidos a la locura de nuestra propia realidad. Bienvenidos a 'Antiporno'.
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