En medio de tan desolador escenario, la figura de Winston Smith, trabajador del conocido como «Ministerio de la Verdad», no surge realmente como la típica figura del héroe, sino más bien la de quien todavía conserva algo tan necesario, y más si cabe en pleno clima de opresión, como es la capacidad de dudar. Su trabajo, siempre supeditado al uso de un lenguaje diseñado para impedir que ciertas ideas lleguen siquiera a formularse, consiste en reescribir la historia para adaptarla a los deseos del régimen o, dicho de otro modo, moldear la realidad de forma que no sea necesario prohibir el acto mismo de pensar; tan solo vaciar de todo significado las palabras que utilizamos. Quizás lo más llamativo de ese planteamiento, casi profético por momentos, es que hoy ya no hacen falta pantallas gigantes o consignas que condicionen el pensamiento colectivo; basta con algoritmos que decidan qué vemos, falsos discursos repetidos en bucle hasta que los tomamos por ciertos o incansables entes sin rostro, autoproclamados a sí mismos como poseedores absolutos de la verdad, que hostigan en la red a quienes osen opinar diferente. Puede que la tan temida Policía del Pensamiento no surgiese tal y como Orwell la concibió en su momento, pero lo cierto es que ver esta película a día de hoy, en este clima de pura distopía social, hace que muchas de sus lecturas resulten, por desgracia, más que reconocibles.
Curiosamente, la propia fidelidad de la película con respecto al texto original, sumado al agravante que suponía la imposibilidad de adaptarlo en su totalidad —más por densidad que por extensión—, se acaba traduciendo en una historia menos fluida que el libro y, de igual modo, carente en buena medida de todo su poso dramático. Radford, al final, asume que el espectador ha sido antes lector, por lo que muchos elementos de la novela, como ciertos conflictos internos del protagonista, se quedan deliberadamente fuera a cambio de que otros tantos, aun perdiendo parte de su sentido por sí solos, se mantengan intactos. Pese a todo, interesante complemento para una novela de la que no solo logra conservar su ambientación deprimente, el tono opresivo o esa sensación casi cercana al terror que desprende a cada fotograma, sino también la triste incertidumbre de no saber si el aciago futuro allí descrito, tan distópico como extrañamente familiar, se encuentra, en realidad, tan lejos como parece.
«Who controls the past controls the future. Who controls the present controls the past».
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