Críticas de Saltwater

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RESEÑAS Y VALORACIONES DE Saltwater

5.5 / 10
Un tiburón nacido no del océano, sino del fuego: forjado en un horno abrasador, donde en lugar de templar acero se coció un monstruo incandescente, humeante aún al salir a la superficie… Así empieza la leyenda (o más bien la broma pesada) que es “Saltwater: Atomic Shark”, una película que parece surgida no de un rodaje, sino del delirio de un herrero borracho que, en vez de forjar espadas para “Conan el Bárbaro”, decidió moldear la mediocridad misma y darle forma de escualo, parecido a un turista inglés después de pasar 22 horas bajo el sol (al rojo vivo está el pobre).

De ahí emerge esta criatura imposible: no un arma de guerra, sino un tiburón radiactivo (gracias a una bomba atómica de la Segunda Guerra Mundial… no teníamos suficiente con los tiburones nazis… no), con una aleta roja repintada digitalmente como si alguien hubiera usado la herramienta de “aerógrafo” del Paint mientras estornudaba.

El escualo atómico no tarda en hacer su primera aparición en las playas de San Diego, donde la arena y el sol parecen sacados directamente de “Los vigilantes de la playa”, mientras los bañistas sufren quemaduras nada sutiles al acercarse. La lógica del guion se ha esfumado: aquí todo es culpa de los ensayos nucleares de Estados Unidos (porque, claro, si hay algo que puede justificar un tiburón que quema a su paso, es un bombazo de los años cuarenta).

Uno de los primeros en darse cuenta de que a este tiburón no le gusta el sushi y prefiere la comida caliente es Jeff Fahey, cuando tiene que arrastrar a una esquiadora acuática mientras la aleta roja del tiburón brilla como un semáforo digital mal calibrado.

Luego están encabezando un equipo de socorristas: la chica guapa y lista que investiga peces muertos con unas quemaduras que parecen hechas con un mechero. Tenemos incluso a una socorrista influencer que interrumpe rescates para hacerse selfies. “Crítica social”, dicen algunos. “Desesperación narrativa”, diría yo. Y, como guinda, el socorrista que pilota drones para grabar culos en bikini y venderlos en su canal de pago. Una trama secundaria tan deprimente que casi mejora la película por simple contraste.

No hay nada que decir: estos yankees no le tienen miedo a nada, y mucho menos al ridículo.

Los efectos especiales merecen capítulo aparte: un desastre que haría llorar al mismísimo CGI de “Sharktopus”. Llamas con transparencias mal recortadas, sangre que parece sirope de fresa y un tiburón que flota como un sticker mal pegado. Escenas repetidas, diálogos insertados sin sentido y planos que aparecen y desaparecen como si alguien estuviera jugando al Tetris con el timeline del montaje.

“Saltwater: Atomic Shark” es una coctelera donde han metido “Los vigilantes de la playa” (como ya había dicho), “Sharknado”, “Megashark vs. Giant Octopus”, “Tiburón Fantasma”, “Piraña 3DD”, “Mandíbulas contra Anacondas”, “Santa Jaws” e incluso “Tiburón” (lo peor es que puedo poner más referencias), buscando ser autoconsciente, hacer guiños al espectador y resultar graciosa… pero termina atragantándose.

No es cine, ni terror, ni comedia. Es radiación cinematográfica pura: quema la paciencia, erosiona el buen gusto y hace que una se pregunte por qué sigue mirando, como si observar un accidente nuclear en pleno océano ofreciera alguna forma de fascinación. Y, sin embargo, no puedes apartar los ojos: hay algo hipnótico en su desastre, un magnetismo perverso que convierte lo ridículo en irresistible, aunque sea solo por la risa nerviosa que provoca.

Lo peor, o lo mejor, según se mire, es que la película “La maldición de la bruja del sueño” es su continuación…

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