Si algo nos han enseñado las sagradas escrituras es que Dios, dentro de su infinita omnipotencia, suele obrar de formas misteriosas. Tanto como aparecerse en forma de zarza ardiendo, ordenar la muerte de unos niños por burlarse de un calvo (yo conocía la pena capital, pero no la capilar) o, como en el caso que aquí nos ocupa, irse a vivir a su casa de Bruselas para pasarse el día en bata, maldiciendo su propia creación y dictando nuevas y retorcidas normas, muchas de ellas increíblemente absurdas, con las que poder torturar a los humanos desde su viejo ordenador. Meros Sims en manos de un Dios malhumorado y caprichoso al que Jaco Van Dormael, dirigiendo de nuevo tras 'Las vidas posibles de Mr. Nobody', despojaba de toda su divinidad para representarlo, en clara sátira a lo que la Biblia sugiere, a imagen y semejanza del ser humano: egoísta, interesado y, en definitiva, imperfecto. La desoladora imagen de un Dios ausente que, como tal, ya no puede perdonar desde el cielo lo que muchos de sus fieles, confiados bajo la promesa de la vida eterna, se niegan a enmendar en la Tierra.
Van Dormael, adoptando un tono más simpático que genuinamente divertido y más juguetón que puramente blasfemo, escribe así un Nuevo Testamento en el sentido más literal del término; uno en clave de sátira existencialista, con leves reminiscencias al realismo mágico y concebido al margen de todo dogma religioso, pero, a su vez, también muy apegado a su mensaje más esencial. A uno que, efectivamente, busca hacer mofa sobre ciertos preceptos de la religión, pero, en cambio, nunca sobre la fe ni sobre aquellos que la practican. Quizás porque el objetivo no era tanto hacer una comedia negra —aspecto donde, de hecho, está muy desaprovechada— como sí una suerte de fábula humanista que, pese a abrazar abiertamente el agnosticismo, nunca deja de invitarnos a creer. No obviamente en Dios, sino en nosotros mismos. Porque quizás, al final, no haya más cielo que el que nuestra vista pueda alcanzar, más salvación que la que cada uno se gane en esta vida ni, por supuesto, más inmortalidad que la de ser recordados por todos aquellos para los que alguna vez, aunque solo fuera por un instante, llegamos a ser importantes.
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